octubre 30, 2009

Sin inventarte... (2° parte)

Una música que venía de otro lugar fue la señal para que la abrazara, para que la levantara en sus brazos. La colocó en el piso y dirigió su mano en la nuca para controlar los movimientos en su cabeza, esa cabeza que en otras ocasiones la había inventado para pensarla hasta en esos momentos en que uno no piensa. Le dio un beso profundo, húmedo (claro, como a él le gustan) y la envolvió con sus brazos. La diferencia de estaturas en ese momento no fue importante, ella pusos sus pies sobre los de él para seguir su rastro. Las manos de ella aprisionaron su espalda y sus cuerpos se estrecharon aún más, al tiempo que él ponía sus manos sobre las caderas para recorrerla suavemente. Una falda negra corta resbaló hacia el piso de madera y de forma inconfundible se escuchó el ¡¡cuack cuack!! de un patito. En ese momento él pensó que si en algún momento de su vida aceptara tener una mascota en su departamento sería, sin lugar a dudas, un patito rasuradito y perfumado, que le serviría de compañía para todas esas noches en que abre la puerta y sólo encuentra a Penélope con su verdoso silencio y a Ernesto Guevara en dos ángulos distintos.

Calculando cada uno de sus movimientos, ella enredó sus dedos en los rizos que se forman en la nuca de él. Un beso apasionado, con matices de diablura, excitación, lujuria y, sobre todo, emoción, sí esa que uno siente cuando se da cuenta que su sueño se ha hecho realidad y la alegría nos inunda por nuestro interior para demostrarlo ante todo el mundo con la mejor de nuestras sonrisas. Ahora sí, despojados de sus prendas, se conocieron y se re-conocieron y se re-acomodaron y se re-quisieron. El incesante graznido del patito rasurado provocaba que el ambiente se cargara aún más de sensaciones indescriptibles, de olores que se podían ver, con frecuentes intercambios de mirada que se olían. Y en ese momento, la entrada fue contagiosamente vigorizante. Con delicadeza, dulzura y mucho tacto (tanto con las yemas de los dedos como con las orejas, los dedos de los pies y la lengua) se fundieron. Una cálida humedad lo abrazo, lo aprisionó y no le permitió que saliera en ningún instante. Una mezcla de sudor, saliva, y orgasmos fueron depositados hacia las nubes, hacia las estrellas. Lo más delicioso de todo es que no era un sueño, más bien ese momento se guardaría en sus memorias para recrearlo en otros sueños, en otros lugares, con deslumbrantes atardeceres tanto en Lima como en la Ciudad de los Palacios.

Y así, uno dentro de otro, durmieron profundamente hasta que los rayos del Sol a las 11 de la mañana los despertaron. Y sí, seguían fundidos, entrelazadas sus piernas y sus sexos, sus manos y sus bocas, sus cabellos y sus dedos.

Invéntame despacio,
tan despacio como un beso,
tan violento como un deseo...

Hey, pero esta historia aún no termina, falta contar cómo le colocó el disfraz de Hello Kitty a ese rasurado patito.

1 comentario:

●๋•alexia●๋• dijo...

Inventame despacio...
Primero los ojos para verte
desnudo... hasta sin sombra.
Dame la voz para aullarte...
cuando me acompañe tu ausencia
y uñas para arañar con violencia
las sabanas que te cubran.
Inventame labios...
para besar tus sueños prohibidos...
manos, para convertirme en asesina de
todas tus tristezas...
También necesito una cabeza,
para pensarte hasta cuando no piense...
Pies... para seguir tu rastro.
Lágrimas... para extrañar tu rostro
y dedos para enredarlos en tu pelo.
Inventame despacio,
tan despacio como un beso,
tan violento como un deseo...